Si estás pasando por un tratamiento de fertilidad, esto te sonará

Este proyecto nace de las ganas de naturalizar el proceso de tratamiento de fertilidad y de reproducción asistida. Para ello, tanto Saúl como yo estuvimos de acuerdo en que lo mejor era contarlo todo sin tapujos y en primera persona.

En un momento en el que te sientes más vulnerable que nunca y en que todo el mundo parece tener derecho a opinar o a darte consejos, lo más tranquilizador es hablar con alguien que está pasando o ha pasado por lo mismo que tú. Únicamente quien lo ha vivido puede ponerse en tu piel y decirte eso de “tranquila, es duro, pero merece la pena intentarlo“.

¿Por qué ocultamos nuestro tratamiento de fertilidad?

Lo primero de todo es, ¿por qué nos ocultamos?, ¿por qué no hablamos claramente a nuestro entorno de lo que ocurre? Trabajo en una agencia de comunicación. Todo el día de aquí para allá, de reunión en reunión, ruedas de prensa, presentaciones… ¿Cómo me las iba a ingeniar para seguir la estricta rutina del tratamiento, ponerme las inyecciones, sobre llevar los cambios de humor y que nadie se diese cuenta?. Recuerdo un día en que me sorprendieron poniéndome una de las inyecciones en la tripa. Me quedé helada y en seguida dije, “es que soy diabética y me toca ponerme la insulina“.

¡¿Cómo que era diabética?! Había mentido. Es como si ciertos problemas de salud se pudiesen contar pero otros no. Los problemas de fertilidad son de esos que nos generan culpa y un poco de vergüenza. Nos sentimos juzgadas y eso nos lleva a ocultarlo… Bueno, pues basta ya.

¡En la diversidad y las opciones está el poder!

En España, en 2014, nacieron más de 40.000 niños mediante tratamientos de reproducción asistida. Y eso va en auge, así que debemos afrontarlo y defenderlo como algo normal. Además, ¿qué ocurre cuando quien recurre a las técnicas de reproducción asistida no tiene ningún problema de fertilidad? Hablo de madres y padres sin pareja, parejas del mismo sexo, y todo el maravilloso abanico de diversidad familiar que hoy podemos encontrarnos.

De todo esto hablaré más adelante, al hilo de los próximos capítulos de Azul o Rosa. Hoy quería centrarme en todo lo que vivimos Saúl y yo. Todo aquello que nos costó más de una lágrima, pero que hoy podemos recordar con una sonrisa.

Todo es mejor en (buena) compañía.

Saúl odia las agujas, ¡les tiene pánico!. Cuando llegó el momento de ponerme la primera inyección, él se armó de valor y dijo que no me dejaría sola, que me iba a ayudar. Lo hizo con tanta decisión, con tanto ímpetu para demostrarme su apoyo… ¡que casi me atraviesa la tripa!, ¡cómo no nos vamos a reír al recordarlo!. Eso sí, una y no más. Tuve que decirle que ya habría otras formas de apoyarme, jajaja.

Ahí me di cuenta de que no estaba sola en este tratamiento de fertilidad, de que me acompañaba alguien imprescindible para mí y para afrontar todo lo que iba a llegar, tanto lo bueno como lo malo. Mi vida con él era plena y, aunque tener hijos era algo que siempre habíamos querido, nos prometimos que si no llegaban no dejaríamos que nada cambiase. Teníamos un proyecto en común y eso no podía irse al traste si al final no podíamos ser padres… Eso era fácil de mantener al principio.

tratamiento de fertilidad

El primer negativo

El primer negativo nos sorprendió preparando la cena de Nochevieja. Todo el mundo estaba a punto de llegar cuando me vino la regla tras la primera inseminación. Lo habíamos relativizado, habíamos dicho que si podía ser bien, y que si no podía tampoco cambiaría nada… Pero nos vinimos abajo. Nos sorprendió cuánto nos había afectado y nos dimos cuenta de que tal vez no habíamos sido sinceros del todo con nosotros mismos al asegurar que no dejaríamos que nos afectase.

Tras ese negativo llegaron tres más. Hubo un punto en el que toda nuestra vida giraba en torno a las pruebas, las betas… Y eso no hace más que aumentar nuestro estrés y culpabilizarnos un poco más: “deberíamos haber ido antes al médico”, “hemos esperado demasiado”, “no debía haber salido de la cama después de la inseminación”, “el estrés del trabajo ha podido hacer que no me quede”… ¡Pues nada de eso!

Un día miras a tu pareja a los ojos y entiendes que ha llegado el momento de cambiar el chip. Han sido 4 inseminaciones fallidas y hay que parar y desconectar antes de plantearte el siguiente paso, la fecundación in vitro.
Saúl y yo hicimos un parón en ese maratón en búsqueda de mi embarazo y disfrutamos a tope del verano. Queríamos olvidar el “siéntese usted aquí y separe las piernas” (no es que esperase cariñitos del médico, pero si algo un pelín más humano), los continuos “es que estás muy tensa, cuando te relajes te quedarás” y siempre inoportuno “pues yo conozco a una que cuando dejó los tratamientos se quedó de forma natural”.

Fueron unos meses de reencontrarnos con nosotros mismos, reencontrarnos como pareja, reencontrarnos con nuestra vida social… Y la verdad es que ese parón nos ayudó (y me ayudó, incluso físicamente).

Mi consejo hoy es que si has estado intentándolo durante al menos seis meses y no te has quedado, acudas al médico y le pidas que os haga unas pruebas. Y si tienes que insistir, insiste, pero es importante descartar problemas cuanto antes y sobre todo encontrar soluciones lo más rápido posible en caso de necesitarlas.

Que no te de vergüenza consultar al médico de cabecera, al ginecólogo o acudir a alguna clínica especializada. Infórmate sobre los posibles tratamientos y pide una opinión médica experta que te guíe y te aconseje.

En el próximo post os contaré un poco más de cómo llegaron Manuela y Julia. Hasta entonces, espero vuestros comentarios, sugerencias o preguntas.¡Record ad que también estoy en redes! Ánimo papás presentes y futuros.